por Mauricio Tapia Rojo

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Después de la aparición de Pánico de Manuel García y del disco debut de Gepe, comenzaron a proliferar una serie de cantautores nuevos tremendamente influenciados por los cantautores viejos. De García se decía que era una especie de Silvio chileno (cosa que nunca fue, puesto que llegó a su peak con Témpera y comenzó su descenso con el polémico Acuario), de Gepe se decía que era el sucesor de Victor Jara, afirmación que el cantante de canciones como “bacán tu casa” o “tqm” declaró como incomoda desde un principio. Es que en esos tiempos en que las bandas de rock más masivas empezaban a decaer afloró la guitarra de palo con mensajes mucho más valientes y más directos que los últimos temas de los Chancho, Los Bunkers y Lucybell, triada del rock chileno masivo en aquellos tiempos. (De Saloon vale callampa).

Se hablaba de una nueva trova chilena, tremendamente oportuna en vísperas del primer gobierno de Piñera. Los hubo muy buenos y también muy malos. El festival Rock Carnaza estaba en su clímax, a tal punto que varios estuvimos empapándonos bajo la lluvia con tal de escuchar “Cangrejo Azul” o “Casualidad” del Nano Stern. Como todo en este sistema de mierda, la “nuevo trova” se empezó a producir en masa al punto de volverse insufrible. Y así fue como las famas pasajeras se esfumaron con los dragones de las canciones de Chinoy, y las máscaras de algunos machitos trovadores empezaron a caer. Gepe se puso popero. Nano siguió en la misma como si fuera un solo álbum de muchos discos. Chinoy se convirtió en una sombra que camina por Valparaíso. Demián Rodriguez volvió al trova y varios se fueron pa otros lados. Manuel García sigue vigente pero perdió la confianza de muchos al hacer campaña por la concertación, muchos ya no le compramos nada. El que se mantiene incólume es el Tata Barahona (¡es que el Tata es de verdad!).

Fueron las mujeres de esta generación las que siguieron creciendo, armándose, buscándose, rebuscándose, encontrándose dejando en todo ese camino delicias de sonidos. Evelyn Cornejo agarró una fuerza tremenda. El sonido de Pascuala Ilabaca se sincretiza, se solidifica y luego explota en los pedazos de temas. Pero la música que más creció y evolucionó de forma natural fue la de Camila Moreno.

La primera vez que escuché a Camila Moreno fue en los pastos de la Upla de San Felipe. Una amiga (con la cual empezamos a llevarnos bien cuando la huevié porque al sonarse la nariz sonaba como una regadera de plaza) me pasó un audífono con un tema que creo que era “cae y calla”. Y así en modo un audífono tú un audífono yo comenzó mi obsesión. Eran tiempos hostiles. Era el reino del mp3. Las cartucheras con CDS quedaron en el pasado y ahora todos andaban con su pendrive azul Recco a pilas. Compartíamos música. Descubríamos música juntos en esas tardes de calor sofocante y de fríos violentos. Así me comentaba que ella tenía un grupo pop llamado Caramelitus (el cual nos costó un mundo conseguir el disco) escuchamos algunas entrevistas en donde decía que le encantaba la Björk ¿Cómo es posible si Camila Moreno está más cercana al folk? Y así sus temas se fueron haciendo conocidos.

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Recuerdo 3 anécdotas con millones:

1) El último carnaval cultural de Valparaíso, sabíamos que Piñera llegaba en meses y todos la cantamos con rabia

2) Un eterno universitario de mi carrera, en un paseo al botánico, cantándola o gritándola y haciéndola durar hasta el cansancio. Lo omitimos y nos gritó “Ojalá un día entiendan lo que dice esta canción”

3) Camila Moreno en el Festival del Huaso dedicándole Millones a Piñera en propio canal de televisión. Háganse esa “mierdas buena onda”

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“Al mismo tiempo” nos mostró una guitarra cruda, una voz potente y letras llenas de poesía personal pero también consciente. “Opmeitomsimla” nos da los primeros brotes de lo que sería su música actual. Aquí Camila juega y experimenta con versiones de sus propias canciones. Aún muy torpe, aún muy tosca pero tremendamente sincero.

La aparición de Panal comienza con un incendio. Letras con un lenguaje figurado de artesano y más oscuras “Incendié mi voz, florecí en el barro”. Las cuerdas comparten el protagonismo con una percusión más seca, un bajo omnipresente y un hilo de voz dulce. Mi favorita del disco, en el que también metió la mano el guitarra de Mr Bungle, es “Yo enterré mis muertos en tierra”.

Mala Madre es la batalla final antes de la ascensión de héroe. Camila Moreno deja atras la guitarra de los inicios, La simpleza y la inocencia de su primera etapa para entregarse en cada una de las canción de ese disco. Camila Moreno nos da pistas. La portada del primer y de este disco son idénticas. El primero muy colorido, muy arpillera de Violeta Parra y el último en blanco y negro, ella en la misma postura pero desnuda, en el agua solo cubierta por una tela, por una placenta como diciéndonos que ahora si acaba de nacer. Canciones como Libres y estúpidos, Maquinas sin Dios, Piedad y Bathory confirman esta tesis consistentemente.

Estoy en el Metro, escucho Pangea, su último disco, un disco en vivo, y puedo decir que Camila Moreno ahora puede hacer lo que quiera. Cuando un músico logra hacer que sus propios temas crezcan con él es que pasó a otro nivel. Cuando un músico logra que su sonido en vivo supere al estudio es que pasó a otro nivel. Tuve la oportunidad de verla el año pasado en Viña, en un local muy penca, previo al Show del Caupolicán y se notó como disfrutaba. Cantó todo. Bailó con el público. Convirtió ese lugar en un pequeño laboratorio donde quedamos hipnotizados con el sonido de los bajos, los teclados, las guitarras, la batería y sobre todo su voz. Pangea recoge toda esa energía, y no sede el protagonismo ante las colaboraciones que terminan siendo solo voces que complementan perfectamente la obra final. Son 12 temas que habíamos escuchado antes, pero que parecen 12 temas perfectamente nuevos. Los gritos y aplausos del público le dan nuevas dimensiones.

Camila Moreno se sitúa en un trono que muchos abandonaron por el bolero, la pachanga, el electropop y ahora el trap. Podría afirmar que, junto con Kuervos del Sur, es de los pocos que pueden levantar con hechos concretos el tan trillado título de rock chileno. Esperemos el volumen 2 de Pangea. Esperemos el documental. Infinitos jumbitos