por Mauricio Tapia Rojo

La primera vez que escuché a Radiohead fue en la parte trasera de una camioneta Fiorino. Mi tío se la había comprado para llevar su batería a los ensayos con su grupo, pero la mayor parte de la semana se quedaba estacionada en la parte trasera del patio de mis abuelos. En ese tiempo vivíamos todos en su casa en el sexto sector de Belloto Sur. 

Iba como en séptimo básico y recién estaba formando mi gusto musical. Pasaba horas bajando canciones de plataformas de descargas ya extintas de los temas que podía rescatar de lo que escuchaba en la radio Rock & Pop. Dígase Chancho en Piedra, Red Hot Chilli Peppers y Limp Bizkit entre otras maravillas. A eso agreguémosle uno que otro tema de alguna princesita del pop, otra de una boy band venida a menos y gran parte del repertorio de la FMDOS (La peor emisora que puede escuchar un adolescente con penas de amors). En el PC que tenía en ese entonces tenía muchos MP3 sueltos. Mi viejo solía pasarme los compilados más random del universo. Eran como 3 temas por banda más o menos. Pensar en discografías en ese entonces era una Utopía.

Mi tío era un poco más “vieja escuela”. Siempre le gusto la música. Invertía en equipos con buen sonido, compraba DVDs de conciertos, tenía una cartuchera gigante con CD y un discman plateado muy año 2000. Estos últimos yo a escondidas se los sacaba y me ponía a escuchar música. Así, con unos audífonos enormes que también le sacaba a mi tío, escuche por primera vez el “The Wall” de Pink Floyd. La reacción automática fue alucinar, dejarme llevar por las imágenes que aparecían en la cabeza. Un mundo en ruinas en el cual los teléfonos no paraban de sonar, la gente marchaba, gritaba y se reía y luego en un rincón alguien entonaba, a modo de resistencia, una canción conmovedora con una guitarra de palo. Todo eso sin saber que existía una película y todo eso.

Una esas inversiones musicales de mi tío fue comprarse una radio y unos parlantes para la Fiorino. Sonaban la raja. Como nunca antes había escuchado música. No sé, la parte trasera quizás encerraba el sonido mucho mejor, pero acostarse en la Fiorino a escuchar música era una sensación indescriptible. Dejé el discman y los audífonos y me metía después de llegar del colegio en la camioneta a escuchar los CDs de mi tío. Al abrirla y buscar al elegido noté un par de discos que no estaban la semana anterior. Eran dos discos Zycon blancos que con plumón tenían escritos “RADIOHEAD discografía completa” El nombre de la banda me sonaba. De hecho Creep y High and Dry estaban dentro de estos compilados random de mi viejo. Me gustaban pero tampoco busque nada más de ellos. Al poner al CD comienza a sonar “Airbag”. Ya tenía un nuevo grupo favorito.

Pasaron ya casi 15 años de aquella vez y ahora estoy por primera vez en el Estadio Nacional y por primera vez en un concierto masivo de esa envergadura. Estoy con mi polola y amigos de diferentes épocas pero que siempre están presentes. Con ellos comentábamos de los años de amistad que tenemos, con uno 10 y con otro 15. Las luces se apagan, el público aúlla y el sonido del piano de “Daydreaming” comienza a envolvernos a todos en una atmosfera hipnótica, todos los ojos se centran en el escenario. Está oscureciendo, aparecen las primeras estrellas en el cielo y un juego de luces, que a mi punto de vista encontré espectacular, nos hace sentir a todos dentro de un sueño.

Comienza “Ful Stop”, el bajo ronronea como si un motor estuviese comenzando a andar. El motor comienza a calentarse a la vez que Thom Yorke canta. La intensidad va subiendo. Dicha canción en esta novela sirve como una sinopsis de todo lo que nos caería encima.

Suena “Airbag” (¡csm!) y la conexión es inmediata. Mi mente se deja fluir entre los recuerdos. Un parte de mí estaba en las butacas del nacional y la otra estaba con los ojos cerrados y acostado en la parte de atrás de la Fiorino. La sensación fue la misma: un barniz placentero, una canción de cuna, una caricia eléctrica.

Thom York y sus espasmos se desparraman por el escenario con “Myxomatosis”. Veíamos a la masa verde moverse al ritmo de la música.

Mi tío cuando cachó que les sacaba los CDs y le usaba la camioneta me retó más que chucha por decía que le iba a hacer cagar la batería. Yo aun no entiendo cómo funciona un auto. Pero al parecer le gustó el hecho de que escuchara su música y empezamos a escuchar música juntos o a ver los DVDs. Cuando escuchamos Radiohead juntos me dijo que intentara seguirle al ritmo a Pyramid Song. Misión imposible.

Radiohead terminaba dicha canción y volví a la butaca para ser recibido por “Everything in Its Right Place” la cual fue vacilada hasta al último segundo.

Después vino el primer punto alto de la noche: “Let down” comenzaba a sonar justo en el momento que el sol comenzaba a alejarse. El cielo estaba literalmente rojo y combinaba maravillosamente con el manto violeta que nos cubría a todos. Al parecer todos estaban desdoblados. Todos estaban en el estadio y también en algún lugar del pasado que musicalizó esa canción.

Street Spirit (Fade Out), Bloom, Identikit, Weird Fishes/Arpeggi, The Numbers, 2 + 2 = 5, Bodysnatchers, Idioteque. La banda se despedía ante la protesta del público. Vuelven ante la insistencia y no llegan con las manos vacías.

Fake Plastic Trees es la elegida. Un foco muestra a Thom Yorke solo con una guitarra acústica en el centro del escenario. En ese momento todos conectamos con nuestra versión anterior, más imperfecta aun, mirando el “cielito de mi pieza” cuestionándonos si algo en nosotros no está bien. La garganta se aprieta, los ojos se humdecen.

Lo que vino después fue una verdadera fiesta. Yo fui sin ninguna expectativa. Pensaba que iban a tocar mayoritariamente canciones del último disco pero afortunadamente estaba equivocado. Los últimos 9 temas del show fue prácticamente una carta de amor, un regaloneo para todos los que estábamos ahí

Terminaba de sonar Karma Police y las luces del estadio comenzaban a encenderse. “Dream is over”. Me quedé con la sensación de todos los servicios de streaming valen callampa. Que la música hay que sentirla en vivo y disfrutar de las imágenes y las sensaciones que esta te provoca. Dejarse llevar por el sonido y viajar en el tiempo con él. Volver a la Fiorino. Volver a las juntas en la casa de los amigos solo a escuchar discos. Volver a ese momento donde tú amiga o amigo te prestaba su estuche con CDs. Volver a ese momento en el cual nos juntábamos para ir en patota a una tokata. Volver a regalar un compilado armado por ti cuidadosamente pensando en el otro. «for a minute there I lost myself, I lost myself» cantaba a coro la última resistencia mientras el nacional lentamente se iba vaciando. Escuché todo el resto de la semana el setlist. Fue duro volver al día a día después una experiencia así.