por Amanda Paz

“Cuando uno lee de una bruja lanzada al agua, de una mujer poseída por el demonio, de una curandera que vende hierbas, y aún de la madre de un hombre célebre, pienso que estamos sobre los rastros de un novelista, de un poeta frustrado, o una Jane Austen silenciada y sin gloria, una Emily Brontë rompiéndose los sesos en el páramo, o recorriendo desolada los caminos, escindida por la tortura de su genio” V. Woolf, 1929. Un cuarto propio.

Un cuarto propio, un espacio íntimo para hacer y deshacer a nuestro antojo, un espacio en donde hundirnos en el silencio máximo de la contemplación o bailar y cantar descalzas, como locas poseídas por espíritus psicotrópicos. Un espacio para crear, en donde de lo único que importa es tu ritmo y el de nadie más.

Tener un cuarto propio, fue (y aún es) un derecho transformado en lujo. Negado sistemáticamente a las mujeres como expresión del patriarcado, se convirtió también en una lucha. Una lucha a la que la magistral Virginia Woolf aporto con este discurso “novelado” convertido en ensayo, publicado en 1929 y que intentaba dar luces sobre la relación que las mujeres tenían con la literatura. Por aquel entonces aún se creía que las mujeres eran débiles de mente y su título de “escritora de renombre”, la convertía casi un animal fantástico.

Entre bibliotecas y universidades mientras estudia meticulosamente para su ponencia, Virginia sostiene una serie de encuentros fantasmagóricos. Y entre líneas laberínticas, ve a Judith. Judith, la hipotética hermana de William Shakespare.

Judith y William compartían genes y ambiente privilegiados para la época. Sus diferentes destinos son reflejo de las experiencias que se les permitió tener:

William, aventurero y soñador, precoz en demostrar esa sensibilidad propia de artistas, de “hombres iluminados”, nutridos por la lectura de los clásicos; salió al mundo (o Londres como se le conocía en ese entonces) a ver que podía forjar con su genialidad. Fue bendecido por la familia mientras lo veían alejarse.

Para Judith en cambio, era una gracia y no un requerimiento el que aprendiera a leer y escribir, pero esto fue suficiente para que le crecieran las alas. A los 17 años el horror: Su compromiso con el hijo del vecino sería el motivo de una gran pelea con sus padres mientras le brotaba de su corazón adolescente la fuerza de mil lobas salvajes.  Escena que culminaría con la salida apurada e improvisada al mundo de una mujer de fuego.

De forma inevitable, a tan glorioso parto a la vida, le seguiría un aterrizaje forzoso a la realidad mortal: las puertas en las narices de las compañías de teatro a la que confiara su sueño de pajarillo volador irían haciendo el fuego cada vez más pequeño y el frío cada vez más grande. A la larga, una Judith vencida por las circunstancias, termina nutriendo al hijo del hombre que en un acto de generosidad le dio refugio y la tragedia cierra su ciclo: Judith no soporta la visión y se suicida una noche de invierno, se suicida para ser libre del peso de haber nacido poeta en un cuerpo de mujer.

Laurel e inmortalidad para el hermano, tierra y olvido para la hermana.

Judith es una hipótesis, pero las condiciones en la que vivieron ( y aún viven) millones de mujeres es una realidad bien documentada: Entre gestar y criar, barrer, cocinar, zurcir y rezar; se nos despojó de nuestros saberes ancestrales tildándolos de brujería, se asesinó a mujeres a destajo solo por saber atender un parto o aliviar el dolor de un moribundo, se nos negó la educación, se nos negó acceder a cualquier posición de liderazgo dentro de las comunidades, se nos negó el poder del discurso y de la organización, se nos negó el poder decidir sobre nuestro propio destino. Sabiendo todo esto, aún hay gente que se pregunta porque las grandes obras maestras del pasado, porque los importantes descubrimientos científicos, fueron solo realizadas por hombres. Si no queda claro, la respuesta es porque NO NOS PERMITIERON crear a la par de los magníficos señores pues teníamos que atender sus pomposas necesidades en primer, segundo y tercer lugar. Vivíamos en “El Cuento de la Criada” en todo su medieval y apestoso esplendor.

Pero no todo son estrellas caídas y voces apagadas. Hay supernovas, hay brotes verdes en tierra fértil. Con una serenidad y disciplina que admiro, Virginia desecha la idea de hablar solamente desde la rabia y se refugia en la razón y la experiencia para revelarnos una solución comprobada para erradicar esta desdicha: Dennos un cuarto propio y verán lo granDIOSAS que podemos ser

“Una mujer, necesita un salario y un cuarto propio para poder crear”: Una mujer necesita una cabaña para trabajar sus hierbas, una mujer necesita un escritorio para crear sus mundos, una mujer necesita un laboratorio para descubrir universos subatómicos.

Después de leer este libro hace unos meses atrás, mi cabeza estaba por explotar: Que afortunadas somos compañeras, que afortunadas.

Tenía y aún tengo sed de justicia: Varias mujeres han podido contar su historia, varias mujeres han podido realizar descubrimientos asombrosos, pero los referentes siguen siendo “Ellos”.

Aún hoy, con la marea feminista actual, nos vemos en la necesidad de publicar compilados que hablan de las mujeres en la ciencia, en la historia, en las artes, y nos vemos en la necesidad de hacerlo porque nadie sabía que existían. Son compilaciones remediales, son capsulas para ponernos al día.

¿Pero porque conformarnos con esos destellos si podemos ir más allá a explorar constelaciones completas? Desde mi fascinación por la lectura e inspirada por Virginia y por otra mujer cuyo nombre he olvidado, he decidido pasar un año entero leyendo solo mujeres novelistas y poetas, un encuentro cercano con las  brujas que dominaron la alquimia de las letras.

Esta columna visceral es mi forma de compartir mis viajes y se escribe desde el palpitar de la útera emocionada por las creaciones de las maestras. Es testimonio y homenaje a todas las Judiths que existieron y que existen. Las magníficas y salvajes hermanas de Shakespeare.